Quintín Durward

Quintín Durward

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El último, probablemente por ser el autor de una acción más amable de lo que había pensado, parecía encantado con el apetito del joven escocés; y cuando, por fin, observó que sus esfuerzos comenzaban a languidecer, trató de estimularlo a nuevos esfuerzos, ordenando confituras, darioles y otras golosinas menudas que pensaba podían incitarle a continuar su comida. Mientras se entretenía de este modo, el rostro de maese Pedro expresaba cierto género de buen humor, que casi reflejaba benevolencia, y que parecía muy distanciado de su carácter ordinario, severo, cáustico y astuto. Los ancianos casi siempre simpatizan con las alegrías de los jóvenes y con sus esfuerzos de toda clase cuando el espíritu del espectador permanece en su equilibrio natural y no está perturbado por la envidia o por la emulación.

Quintín Durward, también, y mientras estaba tan agradablemente ocupado, no podía hacer otra cosa que descubrir que la cara del que le había convidado, que al principio encontró tan poco atrayente, mejoraba cuando era vista bajo la influencia del vin de Beaulne, y había amabilidad en el tono con que reprochaba a maese Pedro que se divirtiese con él burlándose de su apetito sin comer él nada.



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