QuintÃn Durward
QuintÃn Durward —Estoy haciendo penitencia —dijo maese Pedro— y no puedo comer nada antes del mediodÃa, excepto algún dulce y una copa de agua. DÃgale a aquella señora —añadió volviéndose al posadero— que me lo traiga aquÃ.
El posadero salió de la habitación, y maese Pedro prosiguió:
—Bien; ¿he cumplido mi palabra respecto al almuerzo que te promet�
—La mejor comida que he comido —dijo el joven— desde que dejé Glen Houlakin.
—¿Glen qué? —preguntó maese Pedro—. ¿Vas a invocar al demonio con el empleo de palabras tan largas?
—Glen Houlakin —replicó QuintÃn de buen humor—, que quiere decir Cañada de los mosquitos, nombre de nuestro antiguo patrimonio, mi buen señor. Ha comprado el derecho de reÃrse con la palabra si gusta.
—No tengo la menor intención de ofender —dijo el anciano—; mas iba a decir, ya que has gozado tanto con esta comida, que los arqueros escoceses de la guardia comen una tan buena como ésta, o aun mejor, todos los dÃas.
—No me sorprende —dijo Durward—, pues, si tienen que estar encerrados toda la noche en los nidos de golondrina deben de sentir gran apetito por la mañana.