QuintÃn Durward
QuintÃn Durward —No, Oliver —dijo Luis impaciente—; el poeta pagano habla de Vota diis exaudita malignis, esto es, de deseos que los santos nos conceden en su cólera, y éste, en estas circunstancias, hubiera sido el éxito de la hazaña de Guillermo de la Marck si se hubiera llegado a efectuar ahora y mientras me encuentro en poder de este duque de Borgoña. Esto lo previo mi propio arte, robustecido por el de Galeotti; esto es, prevà no el fracaso de la empresa de De la Marck, sino que la expedición del joven arquero escocés concluirÃa felizmente para mÃ, y ése ha sido el resultado, aunque de un modo distinto de lo que esperaba, pues las estrellas, aunque presagian resultados generales, permanecen silenciosas respecto a los medios como se han de realizar, siendo a menudo lo contrario de lo que esperamos o deseamos. Pero ¡por qué hablarte de estos misterios, Oliver, que en tantas cosas eres peor que el propio diablo, que es tu apodo, ya que él cree y tiembla, mientras que tú eres un descreÃdo, tanto para la religión como para la ciencia, y seguirás siéndolo hasta que se cumpla tu destino, el cual, según tu fisonomÃa y horóscopo, me aseguran será por intermedio de la horca!
—Y si asà fuese —dijo Oliver con voz resignada—, será porque está asà ordenado, porque soy un servidor demasiado agradecido para dudar en la ejecución de los mandatos de mi real amo.