QuintÃn Durward
QuintÃn Durward Luis soltó su habitual risa sardónica con esta salida de tono de su servidor. Después le dijo:
—¿Has visto algo en las medidas tomadas por estos hombres con nosotros que pueda hacer sospechar algún mal?
—Señor —replicó Oliver—, vuestra majestad y el filósofo erudito miran a las estrellas y a los huéspedes celestiales para los augurios; yo soy un reptil terrestre y sólo considero las cosas ligadas con mi vocación. Pero creo que falta esa atención seria y minuciosa respecto a vuestra majestad que los hombres demuestran a un huésped bien recibido y que está tan por encima de ellos. El duque esta noche alegó cansancio, y sólo acompañó a vuestra majestad hasta la calle, dejando, a los empleados de su casa la tarea de llevarle a vuestro alojamiento. Las habitaciones han sido dispuestas precipitadamente y con descuido; la tapicerÃa está colgada, torcida y en una de las piezas, como puede ver; las figuras están invertidas, y se mantienen de pie sobre sus cabezas, mientras los árboles crecen con las raÃces hacia arriba.
—¡Bah!, casualidad y efecto de la prisa —dijo el rey—. ¿Cuándo me viste interesado en minucias como éstas?