Quintín Durward

Quintín Durward

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Capítulo XXVII

La explosión

Fue mudo asombro y temor contenido,

cuando lejos, en el Sur, apareció, ante el ojo sobrecogido,

el repentino resplandor procedente de la nube.

El verano, de Thomson.

El anterior capítulo, agradable por su título, fue ideado como un resumen retrospectivo que pudiese capacitar al lector para comprender en qué relaciones de amistad estaban el rey de Francia y el duque de Borgoña, cuando el primero, impulsado en parte por su creencia en la Astrología, que le representó como favorable el resultado de su determinación, y en gran parte, sin duda, por la superioridad consciente de su poder de imaginación sobre Carlos, adoptó la extraordinaria, y fuera de esas razones, inexplicable resolución de confiar su persona a un enemigo fiero y exasperado; resolución tanto más temeraria e inesperada cuando había varios ejemplos en aquellos azarosos tiempos que demostraban que los salvoconductos, por muy solemnemente que se concediesen, habían resultado ineficaces para aquéllos en cuyo favor se habían concedido, y sin ir más lejos, el asesinato del abuelo del duque en el puente de Montereau, en presencia del padre de Luis, y en una entrevista solemnemente convenida para restablecer la paz y conceder una amnistía, era un precedente horrible si el duque estuviese dispuesto a hacer uso de él.


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