Quintín Durward

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Capítulo XXVIII

Incertidumbre

Entonces yace intranquila la cabeza que lleva una corona.

Enrique IV (segunda parte)

Cuarenta soldados, llevando alternativamente espadas y antorchas encendidas, iban de escolta, o más bien de guardia del rey Luis, desde el hall del Ayuntamiento en Peronne al castillo, y cuando penetró en esta fortaleza, obscura y tétrica, parecía como si una voz gritase en su oído aquella advertencia que el Florentino ha escrito sobre el pórtico de las regiones infernales: ¡Abandonad toda esperanza!

En ese momento, quizá, pudo haber cruzado por la cabeza del rey algún sentimiento de remordimiento si hubiese pensado en los cientos y aun miles a quienes, sin causa o sólo por ligeras sospechas, había enviado a los abismos de sus calabozos, privado de toda esperanza de libertad y sintiendo hastío por la vida, a la que se agarraban por instinto animal.


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