QuintÃn Durward
QuintÃn Durward Rehusó quitarse su traje ni hacer preparación alguna para dormir y pasó la noche en una serie de accesos violentos de pasión. En algunos de sus paroxismos hablaba sin cesar con sus acompañantes de un modo tan rápido e incoherente que éstos temÃan realmente se hubiera vuelto loco, tomando como tema el mérito y bondad de corazón del asesinado obispo de Lieja; y recordando todos los casos de mutua amabilidad, afecto y confianza que habÃa habido entre ambos, sufrió tal ataque de pena que se echó sobre la cama con la cara hacia ella y parecÃa que iba a ahogarse con las lágrimas y lamentos que trataba de contener. Levantándose después de la cama, dio rienda suelta a otro ataque más furioso y atravesó la habitación de prisa, profiriendo amenazas incoherentes y juramentos de venganza aun más incoherentes, a la vez que golpeando el suelo con el pie, según su costumbre, invocaba a San Gregorio, San Andrés y a los demás santos de su devoción para ponerles de testigos que tomarÃa venganza sangrienta en De la Marck, en el pueblo de Lieja y en él, que era el autor de todo. Esta última amenaza, pronunciada más encubiertamente que las otras, se referÃa, sin duda, a la persona del rey; y una de las veces el duque expresó su determinación de enviar por el duque de NormandÃa, hermano del rey, y con quien Luis estaba de malas, con el fin de que el monarca cautivo cediese, bien la corona misma o algunas de sus prerrogativas y pertenencias más valiosas.