Quintín Durward

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Capítulo XXXIII

El heraldo

Ariel.— ¡Escucha! ¡Cómo rugen!

Próspero.— Deja que sean cazados con seguridad.

La Tempestad.

No poca curiosidad se produjo en la asamblea para ver al heraldo que los insurgentes de Lieja se aventuraban a enviar a príncipe tan altanero como el duque de Borgoña en momentos en que tan indignado se encontraba con ellos, pues no hay que olvidar que en este período los heraldos sólo eran enviados por unos príncipes soberanos a otros de la misma categoría en ocasiones solemnes, y que la nobleza inferior empleaba a los persevantes o prosevantes[78], oficiales de categoría inferior al heraldo. También debe, de paso, hacerse observar que Luis XI, un burlón habitual de todo lo que no prometía un poder positivo o ventaja substancial, era en especial un menospreciador de los heraldos y la heráldica, «rojo, azul y verde con todos sus golpes de trompeta», a lo que el orgullo de su rival Carlos, que era de género muy distinto, le daba no poca ceremoniosa importancia.


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