Quintín Durward

Quintín Durward

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El heraldo, que fue conducido a la presencia de los monarcas, iba vestido con un tabardo o casaca, bordado con las armas de su señor, en el que la cabeza de jabalí era muy visible en el blasón, el cual, en opinión de los técnicos, era más de relumbrón que exacto. El resto de su traje: —que más bien era chillón— estaba sobrecargado de encajes, bordados y adornos de toda especie, y el penacho de plumas que llevaba era tan alto, que parecía barrer el techo de la habitación. En una palabra, el esplendor, de ordinario llamativo, del trajo heráldico estaba caricaturizado y exagerado. La cabeza de jabalí no sólo se repetía en cada parte de su traje, sino que su gorro estaba contorneado en esa misma forma, y era representado con una lengua y colmillos ensangrentados, o, para decirlo en el lenguaje propio, tenía gules endentados; y había algo en la apariencia del hombre que parecía implicar una mezcla de atrevimiento y aprensión, como persona que ha emprendido una comisión peligrosa y sabe que sólo la audacia puede hacer que salga de ella con bien. Algo de la misma mezcla de temor y descaro se percibía en el modo como presentaba sus respetos, y demostraba asimismo una torpeza grotesca, no corriente entre aquéllos que están acostumbrados a ser recibidos en presencia de príncipes.

—¿Quién eres, por Belcebú! —fue el saludo con el que Carlos el Temerario recibió a este singular enviado.


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