QuintÃn Durward
QuintÃn Durward —Nunca se hizo un falso juramento sobre esta reliquia sin que fuese vengado dentro del año.
—Sin embargo —dijo el duque—, es la misma sobre la que juraste amistad cuando dejaste Borgoña, y poco después enviaste al bastardo de Rubempré para asesinarme o secuestrarme.
—Querido primo, estás resucitando antiguos agravios —dijo el rey—; te aseguro que estás engañado en este particular. No fue sobre esta reliquia por lo que juré entonces, sino sobre otro fragmento de la verdadera cruz que obtuve del Gran Señor, cuya virtud se debilitó, sin duda, por haber morado entre los infieles. Además, ¿no estalló la guerra del Bien Público dentro del año, y no fue un ejército borgoñés, acampado en Saint Denis, puesto en fuga por todos los grandes feudatarios de Francia, y no fui yo obligado a ceder NormandÃa a mi hermano? ¡Oh Dios, lÃbranos de perjurio en testimonio como éste!
—Bien, primo —contestó el duque—, creo que te puede haber aprovechado la lección recibida. Y ahora, sin habilidades ni dobleces, ¿cumplirás tu promesa y me ayudarás a castigar este asesinato de De la Marck y los de Lieja?
—Marcharé contra ellos —dijo Luis— con la oriflama desplegada.