QuintÃn Durward
QuintÃn Durward —¿De modo que si necesitas un confesor? —dijo Trois Eschelles.
—¿O un vaso de vino? —dijo su gracioso compañero.
—¿O un salmo? —dijo Tragedia…
—¿O un canto? —dijo Comedia…
—Nada de eso, mis buenos, amables y serviciales amigos —dijo el bohemio—. Sólo ruego hablar unos minutos con aquel arquero de la Guardia escocesa.
Los verdugos dudaron un momento; pero recordando Trois Eschelles que QuintÃn Durward era tenido en gran estima por el rey Luis, resolvieron permitir la entrevista.
Cuando QuintÃn, a sus indicaciones, se acercó al condenado criminal, no pudo menos de sorprenderse de su aspecto por muchos méritos que tuviese para ser ahorcado. Los restos de su traje de heraldo, que colgaban hechos jirones por las dentelladas de los perros y los tirones de los hombres que le habÃan rescatado de la furia de aquéllos, le daban un aspecto a la vez lastimero y risible. Su rostro estaba alterado con manchones de pintura y con algunos restos de una falsa barba que se habÃa colocado para disfrazarse, y se reflejaba una palidez de muerte en sus carrillos y labios; no obstante, fuerte, con valor pasivo, como la mayorÃa de su tribu, sus ojos, mientras miraban a su alrededor, parecÃan desafiar la muerte de la que iba a morir.