QuintÃn Durward
QuintÃn Durward No tardaron mucho en encontrar una encina adecuada para sostener tal bellota, como jocosamente dijo Petit André, y colocando al infeliz criminal sobre un banco, bajo una vigilancia conveniente, comenzaron los preparativos para la catástrofe final. En ese momento, Hayraddin, mirando a la multitud, distinguió a QuintÃn Durward, que, sospechando reconocer el rostro de su infiel guÃa en el del impostor descubierto, le habÃa seguido, confundido con la plebe, para ser testigo de la ejecución y asegurarse de su identidad.
Cuando los verdugos le dijeron que todo estaba dispuesto, Hayraddin, con mucha calma, pidió un solo favor.
—¿Es algo, hijo mÃo, que sea compatible con nuestra misión? —dijo Trois Eschelles.
—Asà es —dijo Hayraddin—; no trato de salvar la vida.
—Entonces, sà —dijo Trois Eschelles—; pues ya que pareces resuelto a dar crédito a nuestro ministerio y morir como un hombre, sin hacer aspavientos, no me importa ejecutarte diez minutos después, aunque nuestras órdenes son perentorias.
—Sois hasta demasiado generosos —dijo Hayraddin.
—Quizá nos lo puedan echar en cara —dijo Petit André—; pero ¿qué más da? Casi estarÃa dispuesto a dar mi vida por mozo tan garrido y decidido.