Quintín Durward
Quintín Durward Profundamente impresionado con los horrores de su manera de pensar, vio Quintín Durward que era inútil la esperanza de despertar en él sentimiento de su condición equivocada. Se despidió de él, a lo que el criminal sólo contestó con una leve inclinación de cabeza, como aquél que, embebido en sus sueños, dice adiós a los que le distraen de sus pensamientos. Se dirigió hacia el bosque, y fácilmente dio con el sitio donde se encontraba Klepper pastando. El animal acudió a su llamada; pero durante algún tiempo no quiso dejarse coger, resoplando y escapándose cuando se le acercaba la persona extraña para él. Por fin, el conocimiento general que Quintín poseía de las costumbres del animal, y quizá algún detalle especial de las costumbres de Klepper, que había con frecuencia admirado mientras Hayraddin y él viajaron juntos, le capacitaron para apoderarse del caballo y cumplir así el último ruego del bohemio. Mucho antes de volver a entrar en Peronne, el bohemio había ingresado donde la vanidad de su temeroso credo había de tener su fin, experiencia terrible para uno que no había expresado remordimiento por el pasado ni aprensión por el futuro.