QuintÃn Durward
QuintÃn Durward Los heraldos de la Edad Media, como los feciales de los romanos, estaban investidos de un carácter que casi se tenÃa como sagrado. El golpear a un heraldo era un crimen que traÃa consigo un castigo capital, y el falsear el carácter de un empleado tan augusto era un acto de traición hacia esos hombres, a los que se tenÃa por depositarios de los secretos del monarca y del honor de los nobles. Aun un prÃncipe tan poco escrupuloso como Luis XI no dudaba en practicar tal imposición cuando deseaba ponerse en comunicación con Eduardo IV de Inglaterra.