Quintín Durward
Quintín Durward Practicando ese conocimiento del género humano, en el que era tan eminente, escogió, como agente a propósito para ese oficio, a un simple camarero. Disfrazó a este hombre, cuya destreza le era conocida, de heraldo, con todas las insignias de su oficio, y le envió en calidad de tal a unas negociaciones con el ejército inglés. Dos cosas son notables en esta transacción. Primero, que la estratagema, aunque de naturaleza tan fraudulenta, no parece haber sido indispensable, ya que todo lo que el rey Luis pudo ganar con ella fue el no comprometerse con el envío de un mensajero más respetable. La otra circunstancia digna de tenerse en cuenta es que Comines, aunque relata el hecho con mucha amplitud, resulta tan complacido con la argucia del rey al escoger y su destreza en aleccionar a este falso heraldo, que olvida toda observación sobre el atrevimiento y fraude de la imposición, así como sobre el gran riesgo de ser descubierta. De ambas circunstancias deducimos que el carácter solemne que los heraldos trataban de arrogarse a sí mismos había ya comenzado a perder importancia entre los hombres de estado y hombres del gran mundo.