Robin Hood
Robin Hood —Allá abajo, a la derecha del pueblo y de la iglesia, ¿no veis —dijo Pequeño Juan a su acompañante— ese gran edificio cuyas ventanas, a medio abrir, dejan escapar vivas claridades? ¿Lo veis, miss? Pues bien, es el «hall» de Gamwell, la casa de mi tÃo. No hay lugar más confortable en todo el condado, ni en toda Inglaterra un rincón natural más maravilloso. ¿Qué os parece, miss?
Mariana aprobó con una sonrisa el entusiasmo del sobrino de sir Guy de Gamwell.
—Apresuremos el paso, miss —continuó éste—, el rocÃo de la noche es abundante y no quisiera veros temblar de frÃo cuando dejéis de temblar de miedo.
Muy pronto, una jaurÃa de perros acogió ruidosamente a Pequeño Juan y a su acompañante. El joven moderó sus manifestaciones de alegrÃa con rudas palabras de amistad y con algún bastonazo a los más turbulentos, y tras haber pasado ante grupos de servidores en cuyas caras se traslucÃa la extrañeza y que le saludaron respetuosamente, entró en la sala principal del «hall», justo cuando toda la familia se sentaba a la mesa para cenar.