Robin Hood

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Guiado por el instinto o más bien por esa premonición que adquieren los guardabosques viviendo en su medio, Gilbert siguió exactamente el camino que había recorrido Mariana hasta el lugar en que se sentó. Llegado allí, el guardabosque creyó escuchar un sordo gemido junto a una avenida cercana hasta la que el follaje no permitía llegar los rayos de luna; escuchó atentamente y percibió los gemidos entremezclados con débiles gritos como los de un animal que sufre. La oscuridad era profunda, y Gilbert se dirigió a tientas hacia el lugar de donde partían los gemidos; a medida que se acercaba, los quejidos se hacían más claros, y pronto los pies del guarda tropezaron con una masa inerte tendida en el suelo; se inclinó, extendió el brazo, y su mano tocó los pelos de un animal por entre los que rezumaba un sudor frío. El animal, reanimado al contacto de esta mano, hizo un movimiento, y sus quejas se convirtieron en un débil ladrido de agradecimiento.

—¡Lance, mi pobre Lance! —exclamó Gilbert.

Lance intentó levantarse, pero fatigado por el esfuerzo volvió a caer gimiendo.




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