Robin Hood

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Mientras Gilbert, con la mano en la empuñadura de su daga, esperaba una respuesta, el «outlaw» sacó disimuladamente su ballesta y le asestó un violento golpe en la cabeza. El anciano, aturdido por un instante, se rehízo pronto, se sentó firmemente sobre sus piernas y desenvainó. El proscrito recibió con el plano de su daga una serie de golpes tan furiosos en la espalda, los hombros, los brazos y los flancos, que cayó a tierra y quedó inmóvil, casi muerto.

—No sé por qué no te mato, ¡miserable! —gritaba el guardabosque— pero puesto que no quieres decir dónde está te abandono a tu suerte. Muere como una alimaña.

Y Gilbert se alejó para proseguir su búsqueda.

—¡Aún no estoy muerto, vil esclavo del látigo! —murmuró el proscrito incorporándose sobre un codo.

Y arrastrándose con manos y rodillas, fue a buscar reposo y abrigo en la espesura.

El anciano, cada vez más inquieto, seguía recorriendo el bosque, y empezaba a perder toda esperanza de encontrar a la muchacha, al menos viva, cuando, no lejos de donde se encontraba, oyó cantar una de esas alegres baladas que antaño compuso en honor de su hijo Robín.

El cantante invisible se dirigía hacia él por el mismo sendero; Gilbert escuchó, y su amor propio de poeta le hizo olvidar las inquietudes del momento.


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