Robin Hood
Robin Hood Tal y como habÃa explicado Maude, el fogoso barón, seguido de seis hombres armados, habÃa llegado al calabozo de Allan Clare.
¡El prisionero no estaba!
—¡Ah! —dijo riéndose como un tigre si los tigres pudieran reÃr- ¡mis órdenes se obedecen de forma admirable; estoy encantado! ¿Para qué sirven mis carceleros y mi torreón? ¡Por santa Griselda! desde ahora usaré de mis derechos de justicia sin ellos, y encerraré a mis prisioneros en la pajarera de mi hija… ¿dónde está Egbert Lanne, el carcelero?
Egbert, más muerto que vivo, guardaba silencio.
—¿Me vas a explicar por qué vil interés te has prestado a ayudar a la fuga de este criminal? Te lo pregunto sin cólera, contéstame sin temor. Soy bueno y justo, y si confiesas tu falta, quizá te perdone…
El barón fingÃa mansedumbre inútilmente; demasiada experiencia tenÃa Egbert como para creer en su sinceridad, y, más muerto que vivo, no contestó.
—¡Ah estúpidos esclavos! —gritó repentinamente Fitz-Alwine—. ¡ApostarÃa a que a ninguno de vosotros se le ha ocurrido advertir al portero del castillo de lo que ocurrÃa! Rápido, que uno de vosotros vaya y ordene a Hubert Lindsay de mi parte que suba el puente levadizo y cierre todas las puertas.