Robin Hood
Robin Hood Un soldado partió inmediatamente a la carrera, pero se extravió por los oscuros pasadizos de la prisión, y cayó de cabeza por la escalera de un subterráneo. La caída fue mortal; nadie se dio cuenta y los fugitivos salieron del castillo gracias a esta ignorada catástrofe.
—Milord —dijo uno de los soldados—, cuando nos dirigíamos hacia aquí creí ver los reflejos de una antorcha al final de la galería que conduce a la capilla.
—¡Y me lo dices ahora! —gritó el barón—. ¡Os habéis conjurado para hacerme morir poco a poco!
Diciendo estas palabras, Fitz-Alwine arrancó una antorcha de manos de uno de los hombres y se precipitó en la capilla. Christabel, de pie, parecía sumida en profunda meditación.
—¡Registrad todos los rincones y recovecos, traedle vivo o muerto! —dijo el barón.
Los soldados obedecieron.
—¿Qué haces aquí, hija mía?
—Estoy rezando, padre.
—Sin duda lo hacéis por un criminal que merece ser ahorcado, ¿no es así?
—Rezo por vos ante la tumba de mi madre; ¿no lo veis?
El barón escrutó con la mirada el rostro de la joven.