Robin Hood

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«¡Grita, grita, barón!», pensaba Maude mientras se alejaba; pero, más traviesa que mala, le remordió el pensar en el débil viejo al que abandonaba en las negras galerías; se detuvo y creyó oír gritos de angustia.

—¡Socorro! ¡Socorro! —clamaba una voz sorda y ahogada.

—Creo reconocer la voz del barón —exclamó Maude regresando valientemente—. ¿Dónde estáis, señor? —preguntó.

—¡Aquí, bribona, aquí! —contestó Fitz-Alwine; y su voz parecía venir del fondo de la tierra.

—¡Dios del cielo! ¿Cómo habéis caído ahí? —gritó Maude deteniéndose en lo alto de la escalera, y con la ayuda de la antorcha la joven vio al barón tendido sobre los escalones y frenado en su caída por un objeto que le cerraba el paso.

El furibundo individuo había tropezado igual que el desdichado soldado que se había matado cuando iba a ordenar el cierre de las puertas del castillo; pero gracias a la coraza que siempre llevaba bajo su jubón, el barón había resbalado por los escalones sin herirse, y sus pies habían encontrado un punto de apoyo en el cadáver del soldado. Esta caída produjo sobre la cólera del castellano el efecto que produce la lluvia sobre un fuerte viento.


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