Robin Hood
Robin Hood —No dije que nadie se hubiese salvado, monseñor —respondió Maude jugando cándidamente con las largas mangas de su vestido.
—¡Ah! ¡no habéis dicho que alguien se habÃa salvado, encantadora comedianta! Quizás habéis dicho que se habÃan salvado; no uno, sino varios.
La doncella movió la cabeza negativamente.
—¡Oh! ¡la mentirosa cogida en su mentira!
Lord Fitz-Alwine siguió a Maude improvisando un largo monólogo lleno de diatribas contra la astucia de las mujeres. La sonriente insolencia de Maude habÃa excitado los feroces instintos del barón; habrÃa dado la mitad de su fortuna a cambio de que le entregaran inmediatamente a Allan y RobÃn, y, para matar el tiempo hasta la vuelta de los soldados enviados en su persecución, el barón decidió ir a desahogar su mal humor con lady Christabel.
Maude, que oÃa al barón ir tras sus pasos, temió alguna violencia y huyó rápidamente con la antorcha, de suerte que se quedó de repente sumido en una profunda oscuridad, por lo que empezó a escupir una nueva serie de maldiciones contra Maude y contra el universo entero.