Robin Hood
Robin Hood —Maude —dijo levantándose trabajosamente y agarrado a la mano de la muchacha—, Maude, Dios os castigará por haberme faltado al respeto hasta el punto de abandonarme sin luz en la oscuridad.
—Perdón, señor; yo seguÃa a milady y creÃa que uno de vuestros soldados os acompañaba con una antorcha.
Sentada ante una mesita iluminada por una lámpara de bronce, Christabel contemplaba atentamente un pequeño objeto que tenÃa en la palma de la mano; al entrar el barón, lo escondió.
—¿Qué bagatela es esa que acabáis de esconder tan prestamente? —preguntó el barón sentándose en el sillón más mullido del cuarto.
—Ya estamos otra vez —murmuró Maude.
—¿Qué decÃs, Maude?
—Digo, señor, que parecéis sufrir bastante.
El taimado barón lanzó a la joven una mirada llena de cólera.