Robin Hood
Robin Hood —Hija mÃa —prosiguió con voz extraordinariamente tranquila pero preñada de severidad—, hija mÃa, si el objeto que acabas de ocultarme no tiene relación con ninguna falta cometida o no te trae a la memoria ningún recuerdo censurable, enséñamelo; soy tu padre, y como tal debo vigilar tu conducta; si por el contrario es una especie de talismán y tienes que avergonzarte por tenerlo, enséñamelo también; además de mis derechos, tengo deberes que cumplir: impedirte que caigas en un abismo si estás al borde de él, sacarte si ya has caÃdo. Una vez más, hija mÃa, te pregunto qué objeto es ese que escondes en tu seno.
—Es un retrato, milord —contestó la joven temblorosa y colorada por la emoción.
—¿Y ese retrato es de…?
Christabel bajó los ojos sin contestar.
—No abuses de mi paciencia… hoy estoy teniendo mucha, es verdad, pero no abuses; responde, es el retrato de…
—No puedo decÃroslo, padre mÃo.
Las lágrimas ahogaron la voz de Christabel, pero pronto se rehÃzo y continuó en tono firme:
—SÃ, padre mÃo, tenéis el derecho de preguntarme, pero yo me atrevo a otorgarme el de no responder; mi conciencia no me reprocha el haber hecho nada contra mi dignidad ni contra la vuestra.