Robin Hood
Robin Hood Christabel, pálida como una muerta hasta entonces, enrojeció, y, retorciéndose convulsivamente las manos, pareció tomar una determinación irrevocable.
—¡Dios mío, apiadaos de mí! —exclamó Christabel con desesperación.
Durante toda una hora Fitz-Alwine estuvo paseando por su habitación pensando en los acontecimientos de la tarde.
Las amenazas de Allan Clare asustaban al barón, y la voluntad de su hija le parecía indomable.
«Quizá fuese mejor —pensaba—, tratar esta cuestión del matrimonio con suavidad. Después de todo yo la quiero; es mi hija, mi sangre; no quiero que se considere víctima de mis exigencias; quiero que sea feliz, pero también quiero que se case con mi viejo amigo Tristán, mi antiguo compañero de armas. Vamos a ver, voy a intentarlo adoptando la táctica de la dulzura».
Llegado ante la puerta de Christabel, el barón se detuvo, y unos sollozos desgarradores llegaron hasta él.
«Pobre pequeña», pensó el barón mientras abría con suavidad la puerta de la alcoba.
La joven estaba escribiendo.
—¿A quién escribís, señorita? —preguntó en tono furioso.