Robin Hood

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Christabel gritó y quiso esconder el papel en el mismo sitio en que escondió el retrato, pero el barón fue más rápido y se apoderó de él. Desesperada y olvidando que su noble padre nunca se había tomado el trabajo de abrir un libro ni coger una pluma, y que, consecuentemente no sabía leer, la joven quiso escapar de la alcoba, pero el barón la cogió del brazo y, sujetándola con facilidad, la retuvo junto a él. Christabel se desvaneció.

Fitz-Alwine abrió la puerta y llamó con voz tronante:

—¡Maude! ¡Maude!

La joven acudió presta.

—Desvestid a la señorita. —Y el barón se alejó gruñendo.

—Estoy sola con vos, milady —dijo Maude reanimando a su señora— ¡no temáis nada!

Christabel abrió los ojos y recorrió con la mirada desvaída la habitación; no viendo más que a su fiel servidora, le echó los brazos al cuello diciendo:

—¡Oh Maude! ¡Estoy perdida!

—Querida lady, confiadme vuestra desgracia.

—Mi padre se apoderó de una carta que escribía a Allan.

—Pero no sabe leer, milady.

—Hará que se la lea su confesor.


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