Robin Hood

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—Milord, no tengo por costumbre emplear mi tiempo en adivinar enigmas.

—¿Ah sí? Pues te obligaré a consagrar varias horas diarias a este útil ejercicio. ¡Hola! Lambic, ata otra vez al bulldog a su cadena, ¡si se evade otra vez, que Dios te libre de la horca!

—No se escapará —respondió el sargento esbozando una débil sonrisa.

—¡Vamos, lárgate, y cuidado!

El sargento condujo a Robín de pasadizo en pasadizo, de escalera en escalera, hasta una puertecilla que daba paso a un estrecho corredor; allí cogió de manos de un criado que venía alumbrando una antorcha, e hizo entrar a Robín en un reducto cuyo único mobiliario consistía en un haz de paja.

Nuestro joven guardabosque lanzó una ojeada en torno suyo; nada más horrible que ese calabozo; sin otra salida que la puerta, hecha de grandes maderos forrados de hierro; ¿cómo salir de allí? Buscaba en su cerebro un medio, un expediente para hacer inútiles las minuciosas precauciones de su carcelero, sin encontrar ninguno, cuando repentinamente vio brillar en la oscuridad del pasillo, tras los soldados, la limpia y clara mirada de Halbert. Esta visión le devolvió las esperanzas, y ya no dudó de su próxima liberación pensando que corazones amigos se compadecían de su miseria.


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