Robin Hood
Robin Hood Hábil para concebir y pronto para ejecutar, el joven lobo de Sherwood aprovechó la distracción de los soldados y la relativa debilidad de Lambic, cuyos movimientos se hallaban entorpecidos por la antorcha que sostenía en la mano derecha, y saltando como un gato salvaje, empujó la antorcha al rostro de Lambic, apagándola con el golpe, y se precipitó fuera del calabozo.
A pesar de la oscuridad, a pesar de los atroces dolores que le causaban las graves quemaduras de su rostro, Lambic, seguido por sus hombres, emprendió la caza del fugitivo; pero nunca liebre alguna partió más deprisa, nunca un zorro perseguido por una jauría dio tantas vueltas y revueltas, y en vano los esbirros del barón aullaron mientras que rebuscaban por todos los rincones de las inmensas galerías; Robín se les escapó.
Desde hacía algunos momentos, el joven, sin saber dónde se encontraba, andaba lentamente y con los brazos extendidos para evitar los obstáculos; repentinamente se tropezó con un ser humano que no pudo contener un grito de miedo.
—¿Quién sois? —preguntaron con temblorosa voz.
«Es la voz de Halbert», pensó Robín.
—Soy yo, querido Hal —respondió el guardabosque.
—¿Quién?
—Yo, Robín Hood; acabo de escaparme; dadme la mano, andad junto a mí y, sobre todo, ni una palabra.