Robin Hood
Robin Hood Después de mil vueltas y revueltas en la oscuridad, tirando de la mano del fugitivo, Halbert se detuvo y golpeó ligeramente en una puerta cuyas tablas mal juntadas dejaban filtrar algunos rayos de luz; una dulce voz preguntó quién era el visitante nocturno.
—Vuestro hermano Hal.
La puerta se abrió inmediatamente.
—¿Qué noticias traes, querido hermano? —preguntó Maude cogiendo las manos del joven.
—Es algo mejor que unas noticias, querida Maude; volved la cabeza y mirad.
—¡Santo cielo! ¡Es él! —gritó Maude saltando al cuello de Robín. Sorprendido, apenado por una acogida que revelaba una pasión que estaba lejos de compartir, Robín quiso contar los detalles de su regreso al castillo, de su nueva evasión, pero Maude no le dejó hablar.
—¡Salvado! ¡Salvado! —balbuceaba locamente entre lágrimas, risas, llanto y besos—. ¡Salvado! ¡Salvado!
—Querida Maude, no lloréis más, ya estoy aquí —repetía una y otra vez Robín—; decidme la causa de vuestra pena.