Robin Hood
Robin Hood —Y yo tambiĂ©n voy —exclamĂł Halbert, que hasta aquel momento se habĂa mantenido al margen—. Milady me toma a su servicio. Señor RobĂn: aquĂ tenĂ©is vuestro arco y vuestras flechas; me apoderĂ© de ellos cuando os detuvieron en el bosque.
—Gracias, Hal —dijo RobĂn—. A partir de hoy somos amigos.
—¡Hasta la muerte, señor! —añadió Hal con ingenuo orgullo.
—¡En marcha, pues! —dijo Maude—. Hal, ve delante de nosotros, y vos, milady, dadme la mano. Ahora, silencio total; el menor cuchicheo, el mĂnimo ruido, podrĂa traicionarnos.
El castillo de Nottingham comunicaba con el exterior por medio de interminables subterráneos que iban desde la capilla hasta el bosque de Sherwood. Hal los conocĂa lo suficiente como para poder servir de guĂa; el camino de estos subterráneos no era difĂcil, pero primero habĂa que ganar la capilla; sin embargo la puerta de Ă©sta ya no estaba tan libre como al comienzo de la noche, el barĂłn Fitz-Alwine acababa de colocar allĂ a un centinela; felizmente para los fugitivos este centinela habĂa juzgado mejor el montar guardia dentro de la capilla, y, vencido por la fatiga, se habĂa dormido sobre un banco lo mismo que un canĂłnigo en una silla de coro.