Robin Hood
Robin Hood Los cuatro jóvenes penetraron en el santo recinto sin despertar al soldado y sin sospechar su presencia, pues la oscuridad era grande; iban a alcanzar la entrada de los subterráneos cuando Halbert, que iba el primero, chocó contra un mausoleo y cayó ruidosamente.
—¡Quién vive! —preguntó repentinamente el esbirro creyéndose cogido en el flagrante delito de dormir.
El eco repitió el potente: «¡Quién vive!» y, de pilar en pilar y de bóveda en bóveda, sus resonancias ocultaron el ruido de las voces y de los movimientos de los fugitivos. Hal saltó tras la tumba, Robín y Christabel bajo la escalera del púlpito; únicamente Maude no tuvo tiempo de esconderse; la luz de una antorcha iluminó la capilla y el centinela gritó:
—¡Pardiez! es Maude, ¡Maude, la penitente del hermano Tuck! ¿Sabes, encanto, que hiciste temblar los bigotes de Gaspar Steinkoff al despertarle tan bruscamente mientras que soñaba con tus atractivos? ¡Por el cuerpo de Dios!, creí que el viejo jabalí de Jerusalén, nuestro amable señor, revisaba las guardias. Pero ¡oh, alegría!, el buen hombre ronca y lo que me despierta es la belleza.
Y diciendo esto, el soldado colocó su antorcha en un candelabro del facistol y se dirigió hacia Maude con los brazos abiertos para rodearla el talle.