Robin Hood
Robin Hood —¡Oh! ¡Está mal, muy mal, eso que decÃs! —gritó Maude con indignación—. ¡He reÃdo, he cantado, he hablado alocadamente con el monje, pero soy inocente! ¿OÃs? ¡Soy inocente! ¡Dios mÃo! Todos me acusan, soy para todos una perdida. ¡Me voy a volver loca!
Y, con la cara entre las manos, Maude se arrodilló llorando.
RobÃn estaba profundamente emocionado.
—Levántate —dijo dulcemente—, huirás con milady, vendrás a casa de mi padre Gilbert, serás su hija, serás mi hermana.
Lady Christabel esperaba con impaciencia al mensajero de Allan.
—¿Puedo contar con vos, señor? —preguntó a RobÃn en cuanto éste entró en la habitación.
—SÃ, señora.
—Dios os recompensará, señor; estoy lista.
—Yo también, querida señora —dijo Maude—. ¡En marcha! No tenemos un instante que perder.
—¿Nosotros? —replicó Christabel extrañada.
—SÃ, milady, nosotros, nosotros —contestó riendo la doncella—. ¿Creéis, señora, que Maude podrÃa vivir alejada de vos?
—¡Cómo! ¿Consientes en acompañarme?
—No solamente consiento, sino que morirÃa de dolor si no lo hiciera.