Robin Hood

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Capítulo XIII

Con la frente, los párpados y toda la cara dañada por la antorcha que en ella se había apagado, el sargento Lambic tuvo la mala suerte de seguir una dirección completamente opuesta a la que había tomado el fugitivo. Dejando a sus hombres a la izquierda, llegó hasta la escalera principal del castillo, en lo alto de la cual creyó oír los pasos de sus hombres.

«¡Bien! —pensó—, ya han agarrado al bribón ése y le llevan ante el barón; debo llegar al mismo tiempo que ellos, de lo contrario merecerían por su vigilancia a los ojos del barón, ¡estúpidos brutos!».

Y gruñendo de esta forma, el valeroso sargento llegó a la puerta de la antecámara del barón, y, prudente por experiencia, quiso, antes de aparecer, saber cómo acogía el viejo Fitz-Alwine el regreso de sus hombres con el prisionero; puso el oído en el agujero de la cerradura y escuchó el siguiente diálogo:

—Esta carta me anuncia, decís, que sir Tristán de Goldsborough no puede venir a Nottingham.

—Sí, Señoría; debe ir a la corte.

—¡Enojoso contratiempo!

—Os esperará en Londres.

—¡Vaya! ¿Señala el día de nuestra cita?

—No, Señoría; solamente os ruega que os pongáis en camino cuanto antes.


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