Robin Hood
Robin Hood —¡Bien! Partiré esta mañana; dad las órdenes precisas para que preparen los caballos; quiero que me acompañen seis soldados.
—Asà se hará, señor.
Lambic, extrañado de que RobÃn no estuviese allÃ, pensó que los soldados le habÃan vuelto a llevar a la prisión y corrió a asegurarse. La puerta del calabozo estaba completamente abierta, el calabozo vacÃo y la antorcha aún humeaba en el suelo.
«¡Hola! ¡Estoy perdido! —pensó el sargento—. ¿Qué hacer?».
Y volvió maquinalmente a la puerta del barón esperando que los soldados llevasen allà al condenado guardabosque. ¡Pobre Lambic! Ya sentÃa alrededor del cuello la caricia de una cuerda nueva. Sin embargo, la esperanza, que nunca abandona por completo a los desdichados, le renació cuando, al pegar de nuevo el oÃdo al agujero de la cerradura, notó que el cuarto estaba tranquilo y silencioso. El soldado se hizo el siguiente razonamiento: