Robin Hood

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"El barón duerme, luego no está encolerizado; no está encolerizado, luego ignora que el prisionero se me ha escurrido de entre las manos como una anguila; ignora la huida del prisionero, luego no me supone merecedor de castigo; por lo tanto puedo presentarme ante él sin temor alguno, y darle cuenta de mi misión como si la hubiese cumplido a su entera satisfacción; así ganaré tiempo y podré saber lo que ha pasado con el maldito Robín a fin de devolverle a su calabozo o de mantenerle allí si los dos estúpidos animales de mis soldados han tenido la suerte de cumplir con su deber. Puedo presentarme sin temor…".

Lambic arañó ligeramente con la uña en el lugar de la puerta con más sonoridad. Esta especie de provocación no obtuvo resultados, y el silencio del interior no se alteró.

«Decididamente duerme —pensó de nuevo Lambic—. ¡No! ¡Qué idiota soy! ¡Ha salido; está con su hija, de lo contrario le oiría, pues duerme roncando».

Impulsado por una diabólica curiosidad, el sargento maniobró con suavidad la llave de la puerta, que se abrió sin chirriar sobre sus goznes y le permitió estirar el cuello para echar un vistazo al conjunto del aposento.

—¡Misericordia!


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