Robin Hood

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Este grito de terror expiró en los labios de Lambic, el frío y la inmovilidad de la muerte hicieron presa en él, y se quedó clavado en la puerta mientras que el barón, mudo de asombro y estupefacto por tanta audacia, le fulminaba con sus miradas.

El desgraciado Lambic, con la suerte siempre en contra, con un hado maligno encarnizándose en su persona, tuvo la fatalidad de molestar al barón justo en el momento en que el viejo pecador, arrodillado ante su confesor, pedía la absolución antes de partir hacia Londres.

—¡Miserable! ¡Bellaco! ¡Infame sacrílego! ¡Espía del confesonario! ¡Enviado de Satanás! ¡Traidor vendido al diablo! ¿Qué vienes a hacer aquí? —gritó el barón cuando finalmente pudo respirar y dar rienda suelta a su furor—. ¿Quién es en este castillo el amo y quién el criado? ¿Eres tú el amo?

Lambic no dejaba el umbral de la puerta, y aunque había perdido toda capacidad de respuesta esperaba al menos aprovechar un alto en la cólera de su señor para arriesgar una justificación. El barón, cuyas palabras y pensamientos se sucedían con incoherencia, le ofreció sin querer la ocasión de disculparse.

—¿Para qué me querías? —preguntó de pronto—. Habla.

—Milord, llamé varias veces a la puerta —contestó humildemente el sargento—; creí que no había nadie y pensé…


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