Robin Hood
Robin Hood —Sí, pensaste aprovechar mi ausencia para robar.
—¡Oh!, milord…
—¡Para robar!
—Soy soldado, milord —respondió Lambic con orgullo.
Esta acusación de robo despertaba su valor natural, y ya no temía a la prisión, a los bastonazos ni a la cuerda.
—¡Por Dios! ¡Qué noble indignación! —dijo el barón riéndose irónicamente.
—Sí, milord, soy soldado, soldado al servicio de Vuestra Señoría, y Vuestra Señoría nunca tuvo ladrones como soldados.
—¡Eh! ¿De dónde vienes? —preguntó repentinamente el barón examinando la cara de Lambic—. ¡Pardiez!, tenía razón cuando te llamaba escapado del infierno, pues no has podido enrojecer de esa forma tu hocico más que visitando al diablo.
—Me quemó una antorcha, milord.
—¡Una antorcha!
—Perdón, milord; Vuestra Señoría no sabe que esa antorcha…
—¿Qué hablas? Abrevia. ¿A qué antorcha te refieres?
—A la antorcha de Robín.
—¡Otra vez Robín! —gritó el barón con voz de trueno yendo a descolgar su espada.