Robin Hood
Robin Hood «¡Bueno! Ya estoy en el otro mundo», pensó Lambic retirándose instintivamente al umbral de la puerta y disponiéndose a huir a la primera estocada que le tirara el barón.
—¡Otra vez RobÃn! ¿Dónde está RobÃn? —gritó el barón hendiendo el aire con su tizona.
Lambic tenÃa ya la mitad del cuerpo fuera de la habitación y sujetaba con las manos el filo de la puerta a fin de cerrarla si la punta de la espada del barón le amenazaba de cerca.
—Milord —dijo rápidamente el sargento inventando una evasiva a fin de eludir una respuesta categórica—, venÃa, milord, a preguntaros lo que Vuestra SeñorÃa quiere hacer con ese RobÃn Hood.
—¡Pardiez! ¡Quiero que se quede en el calabozo en el que está encerrado!
—Decidme dónde está ese calabozo, milord, yo vigilaré.
—¿No lo sabes? Le llevaste allà hace apenas una hora.
—Pero ya no está, milord. Ordené a mis soldados que le trajeran ante vos pensando que habÃais elegido otra prisión… Fue en ese calabozo donde me quemó la cara.
—¡Esto es demasiado! —aulló Fitz-Alwine.