Robin Hood

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Los golpes iban a llover como el granizo, pues, a pesar de su gota, el barón no era manco, pero Lambic, desesperado, olvidó la inviolabilidad de su señor, saltó hacia él, le sujetó los brazos por las muñecas y, con todo el respeto que permitían las circunstancias, le hizo retroceder, le sentó en su gran sillón de gotoso y huyó como alma que lleva el diablo.

También con toda rapidez, el viejo Fitz-Alwine, al que la excitación del momento daba agilidad, quiso perseguir al audaz vasallo, pero los dos soldados que volvían de buscar a Robín le ahorraron el esfuerzo, pues a sus gritos: «¡Detenedle! ¡Detenedle!», cerraron el paso al sargento cuando aún no había salido de la antecámara.

—¡Atrás! —dijo el sargento empujando a sus dos subordinados—, ¡atrás!

Pero Fitz-Alwine corrió a cerrar la puerta de salida; ya era inútil toda resistencia, y el desdichado Lambic esperó, sumido en un sombrío estupor, que su alto y poderoso señor se pronunciase sobre su suerte.

Por uno de esos fenómenos extraños, inexplicables, y que quizá son en el orden moral lo que sus análogos en el orden físico natural, la cólera del barón pareció calmarse tras este episodio de rebelión, de la misma forma que el viento se calma tras una ligera lluvia.


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