Robin Hood

Robin Hood

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—Pídeme perdón —dijo tranquilamente Fitz-Alwine, que, asfixiado, se dejó caer, por propia voluntad esta vez, en su gran sillón—; vamos maese Lambic, ¡pídeme perdón!

Posiblemente el barón no manifestaba esta tranquilidad, esa mansedumbre, más que porque ya no tenía fuerzas para mantener sus furores en el diapasón habitual.

—No soy tan culpable como pensáis, milord; iba a cerrar la puerta del calabozo cuando Robín Hood…

No acompañaremos al sargento en su elocuente discurso, lleno de reticencias en su favor; nuestros lectores no se enterarían de nada nuevo; el barón le escuchó, no sin aullar de furor, pataleando y retorciéndose en su sillón como el diablo, según dicen, cuando una pila de agua bendita le sirve de bañera, y resumió sus amenazas de castigo con esta frase espantosamente lacónica:

—Si Robín se ha escapado del castillo, vosotros no escaparéis. ¡A él la libertad, a vosotros la muerte!

Repentinamente un violento golpe sonó en la puerta del aposento.

—¡Entrad! —gritó el barón.

Un soldado entró y dijo:


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