Robin Hood

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—Que el muy honorable lord me perdone si oso presentarme ante su muy honorable persona sin ser llamado por su honorabilísima Señoría, pero lo que acaba de ocurrir es tan extraordinario, tan terrible, que creí cumplir con mi deber viniendo a anunciarlo inmediatamente al muy honorable señor de este castillo.

—Habla, pero nada de historias interminables.

—Mi deber me ordenaba relevar al centinela de la capilla…

«¡Ya estamos!», pensó el barón, y escuchó atentamente.

—Me dirigí allí hace cinco o diez minutos, como plazca a Vuestra muy honorable Señoría; llegado a la puerta del santo lugar, no encontré al centinela; sin embargo tenía que haberlo, pues yo iba a relevarle. «Estará allí», pensé, «y sólo tengo que encontrarle; busquemos». Busqué, llamé: nadie me respondió, nadie apareció. «¿Está borracho o dormido? Es posible», pensé. «Vamos al puesto de guardia a requerir a alguien a fin de aprehender al delincuente, para que reciba un castigo ejemplar además del castigo que le inflija mi jefe». Llegué al puesto gritando: «¡Sargento, la guardia!», nadie salió del puesto; entré; nadie dentro. «¡Oh!» pensé…

—¡Al diablo tus pensamientos! ¡Charlatán! ¡Al grano! —gritó impaciente el barón.


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