Robin Hood

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El soldado volvió a saludar militarmente y prosiguió:

—«¡Oh!», pensé, "los deberes del soldado son desconocidos por la guarnición del castillo de Nottingham. La disciplina se ha relajado, y las consecuencias de este relajamiento…".

—¡Por mil dioses! ¿Vas a seguir divagando, cretino charlatán, perro prolijo? —exclamó el barón.

—¡Perro prolijo! —murmuró para sí el soldado interrumpiéndose al oír este epíteto—, ¡perro prolijo! Yo, que soy un gran cazador, no conozco esa raza de perros. Es igual, continuemos. Las consecuencias de este relajamiento pueden ser funestas; no me costó trabajo encontrar a los hombres del puesto de guardia sentados en la cantina, y emprendimos inmediatamente una minuciosa e inteligente búsqueda por los alrededores del santo lugar y en su interior. Fuera, nada de particular, salvo la prolongada ausencia del centinela, pero dentro, el centinela estaba presente, ¡y en qué estado, santo Dios! Presente como los muertos en el campo de batalla, es decir, caído en tierra, sin vida, bañado en su propia sangre y con el cráneo atravesado por una flecha…

—¡Gran Dios! —gritó el barón—. ¿Quién pudo cometer ese crimen?

—Lo ignoro, yo no estaba presente, pero…

—¿Quién es el que ha muerto así?

—Gaspar Steinkoff… un rudo soldado.


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