Robin Hood

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—Que digan a Hubert Lindsay que venga aquí; ha sido Maude Jezabel, su condenada hija, quien ha ideado la fuga y va a pagar por ello. Decid también a veinte de mis jinetes que ensillen sus corceles y estén listos para partir a la primera orden. ¡Venga, partid, miserables!

Los soldados salieron a toda prisa, y Lambic aprovechó estos momentos para ponerse a salvo de las garras de su señor.

Una vez solo, el barón se agitó alternativamente entre el frenesí de la cólera y la desolación de su corazón. Amaba sinceramente a su hija, y la vergüenza que sentía por su fuga con un hombre era más pequeña que su dolor al pensar que no la volvería a ver más, ya no la abrazaría e, incluso, no la tiranizaría.

Fue durante estas alternativas de furor y desesperación cuando apareció Hubert Lindsay. Desgraciadamente para él, llegaba durante un acceso de cólera.

—Vuestra Señoría me ha mandado llamar —dijo al anciano con voz tranquila.

El barón no contestó, pero le saltó a la garganta como un animal feroz, le arrastró al centro de la habitación y le dijo sacudiéndole con rudeza:

—¡Perverso! ¿Dónde está mi hija? ¡Contesta o te estrangulo!


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