Robin Hood

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Seguido por Lambic y la escolta, el barón, que ya no se resentía de la gota, fue rápidamente hacia el cuarto de su hija. Llegado a la puerta, llamó, pero al no recibir respuesta abrió y se precipitó dentro. Oscuridad absoluta, silencio profundo. En vano recorrió el aposento y sus dependencias: por todas partes el mismo silencio y la misma oscuridad.

—¡Se ha ido! ¡Se ha ido! —gritó el barón con angustia, y la llamó con voz desgarradora:

—¡Christabel! ¡Christabel!

Pero Christabel no contestó.

—¡Se ha ido! ¡Se ha ido! —repetía el barón retorciéndose las manos y dejándose caer en el mismo asiento en el que la había sorprendido escribiendo a Allan Clare—. ¡Se ha ido con él! ¡Mi hija, mi Christabel!

Sin embargo, la esperanza de alcanzar a su joven hija en la huida devolvió al pobre padre un poco de sangre fría.

—¡Alerta! ¡Vosotros! —gritó con voz de trueno—. ¡Alerta! Dividíos en dos grupos: uno registrará el castillo por todas partes… el otro a caballo, y que ni una mata del bosque de Sherwood escape a vuestra mirada… Marchaos…

Ya salían los soldados cuando el barón añadió:


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