Robin Hood

Robin Hood

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—¿Maude? No, señor, es imposible; voy a buscarla.

El sargento Lambic, dispuesto a demostrar su celo, entró precipitadamente.

—Milord —exclamó—, vuestros jinetes están listos. En vano he buscado a Halbert por todo el castillo; había entrado conmigo y Robín y no ha salido por la puerta principal, Michael Walden lo afirma bajo juramento: nadie ha franqueado el puente levadizo desde hace dos horas.

—¡Qué más da! —contestó el barón—. La muerte de Gaspar no es un crimen inútil. ¡Lambic!

—Milord.

—¿Fuiste esta noche hasta la casa de un guarda llamado Gilbert Head, no lejos de Mansfeldwoohaus?

—Sí, milord.

—¡Pues bien! Ahí vive el infernal Robín Hood, y sin duda es allí donde mi ingrata hija se encontrará con un descreído que… No hablemos más de esto… Lambic, monta a caballo con tus hombres y corre hacia esa casa, apodérate de los fugitivos y no regreses hasta que no hayas quemado esa guarida de bandidos.

—Sí, milord.

Y Lambic desapareció.

Hubert Lindsay, que estaba allí desde hacía varios minutos, se mantenía de pie y apartado, con los brazos cruzados y la cabeza inclinada, sombrío, silencioso.


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