Robin Hood
Robin Hood —¿No hay entre los pasadizos subterráneos del castillo una salida que dé al bosque de Sherwood?
—SÃ, milord, los subterráneos tienen una salida al bosque y conozco el camino.
—¿Maude sabe tanto como tú al respecto?
—No, milord, al menos no lo creo.
—¿Asà pues nadie excepto tú conoce ese secreto?
—Hay tres más, milord, Michael Walden, Gaspar Steinkoff y Halbert.
—¡Halbert! —gritó el barón en un nuevo acceso de rabia—. ¡Halbert! ¡Es él quien les ha servido de guÃa! ¡Hola! ¡Unas antorchas! ¡Registremos el subterráneo!
La desesperación de los dos ancianos era conmovedora. Separados por su nacimiento, por el orgullo de la raza, por su género de vida, se reunÃan para conjurar un peligro común, eran iguales en el dolor.
El barón y Hubert, seguidos por seis hombres armados, atravesaron la capilla sin detenerse ante el cadáver de Gaspar y entraron en el subterráneo.
Un cuarto de hora después, el grupo llegaba al bosque; ya no podÃa dudarse de que los fugitivos hubiesen seguido este camino. La puerta del subterráneo, cerrada normalmente, estaba abierta de par en par.