Robin Hood

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El barón, al entrar en el bosque, había ordenado a su mejor jinete que recorriese el camino principal de Nottingham a Mansfeldwoohaus, y que se reuniese con él para informarle en una encrucijada fijada de antemano; lo que le ocurrió al jinete ya lo sabemos: Robín le desmontó; el azar quiso que Robín y lady Christabel apareciesen en el mismo cruce designado por el barón para la cita: ellos entraron por un lado mientras que el barón hacía su aparición por el otro. Los dos fugitivos tuvieron la suerte de esconderse tras el follaje sin ser vistos, y el barón llegó con sus cuatro escuderos al centro de la encrucijada, a un montículo, a esperar el regreso del explorador.

—Registrad un poco los alrededores —ordenó el barón—; dos por aquí y otros dos por el otro lado.

"Estamos perdidos -pensó Robín-. ¿Qué hacer? ¿cómo huir? Si salimos fuera del bosque, los caballos nos alcanzarán enseguida; si intentamos abrir una brecha por dentro, el ruido atraerá a los esbirros; ¿qué podemos hacer?".

Mientras reflexionaba de esta suerte, blandía su arco y elegía de su carcaj la flecha con el hierro más agudo. Christabel, aunque anonadada por el temor, se dio cuenta de estos preparativos, y, superando su amor filial el deseo de reunirse con Allan, suplicó al joven que no hiciera daño a su padre.


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