Robin Hood
Robin Hood Robín sonrió e hizo con la cabeza un signo afirmativo.
Lo que quería decir el gesto es que no le heriría, la sonrisa le indicaba que recordase al jinete desmontado.
Los soldados batían cuidadosamente el lindero, pero la prima de cien escudos prometidos no tenía la virtud de darles olfato. Sin embargo, la posición de Robín y de Christabel era cada vez más delicada, pues, divididos en dos grupos que registraban a partir de puntos opuestos, los esbirros no podían reunirse de nuevo sin verles necesariamente.
Durante este tiempo, el viejo Fitz-Alwine, colocado como un general en las alturas que dominan el campo enemigo, se dedicaba a dar un repaso general al terrible sermón que pensaba dirigir a su hija en cuanto se encontrara de nuevo en el domicilio paterno.