Robin Hood

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Nuestro barón, que no había perdido el ánimo, quiso evitar una caída cuya violencia podía ser mortal, y, soltando la brida, se agarró con ambas manos a una rama del roble que, felizmente, era lo bastante fuerte para soportar su peso; esperaba poder sujetar a su caballo con las rodillas, pero la forzada pirueta del animal fue tan exagerada que Fitz-Alwine tuvo que abandonar la silla y quedó suspendido de la rama del roble, mientras que el caballo se levantaba, aligerado del peso anterior, y emprendía una nueva campaña.

Poco habituado a la gimnasia, el barón medía prudentemente la distancia que le separaba del suelo antes de dejarse caer, cuando, de pronto, vio brillar en la semioscuridad de la mañana, justo bajo sus pies, algo incandescente como dos tizones encendidos. Estos dos puntos ígneos pertenecían a una masa negra que se agitaba, giraba y se acercaba por momentos y por medio de saltos a las piernas del desdichado lord.







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