Robin Hood
Robin Hood «¡Hola! es un lobo», pensó el barón sin poder contener un grito de espanto y esforzándose por montarse a horcajadas en la rama; pero no lo logró, y un sudor frío, el sudor del pánico, le inundó cuando sintió deslizarse sobre el cuero de su bota y chocar contra el metal de sus espuelas los dientes del lobo, el cual saltaba, estirando el cuello y acercándose cada vez más a su presa, cuyos brazos se flexionaban y cuyo mentón se apoyaba en la rama mientras que sus piernas se encogían hasta la altura del pecho.
La lucha era desigual: el hilo que sostenía en el aire la golosina del feroz animal iba a romperse, el viejo lord ya no tenía fuerzas; así, recordando por última vez a Christabel y encomendando su alma a Dios, abrió las manos…
Pero, ¡oh milagro de la Providencia! cayó como un adoquín sobre la cabeza del lobo, que no esperaba algo así, y el peso del cuerpo partió las vértebras cervicales del lobo y le rompió la médula espinal.
Al pie del viejo roble cuyas ramas se inclinaban hacia el arroyo que atraviesa el valle de Robín Hood, estaba sentada lady Christabel; de pie, muy cerca, Robín se apoyaba en su arco, y ambos esperaban no sin impaciencia la llegada de sir Allan Clare y sus compañeros.